In April 2005, Tania Diaz, 5 years old, the eldest of three sisters from Baní – 53 miles west of Santo Domingo, Dominican Republic – prepared herself with enthusiasm to attend her first school year. In August of that same year she was a roommate of children she did not know, whom she would never see their faces, teachers whom she only identified by their metal voice and dolls that she could not name by it hair color or clothes they were wearing. She had been totally blind as a result of a ‘stray bullet’ that entered her right temple and pierced the optic nerves of both eyes, extinguishing forever the colors, faces and shapes that were part of her life.

It was until that moment the sixth victim of the ‘stray bullets’ in a list that already added up to October of that year 32 names, according to unofficial statistics. The possession of arms in the Dominican Republic is as ingrained in the population as in the United States and proof of this is that the police recognize that at least 75 percent of homicides are committed with pistols, automatic rifles and even homemade shotguns .

In this Caribbean country of 8.8 million inhabitants that shares an island with Haiti, it is not strange to see a man with a gun in his waist or a woman with a gun in her bag. Any foreigner might be surprised to see armed clients in a bank row, waiting to make their transactions. Or in supermarkets, in discotheques and hospitals … It is also routine for private guards to carry high-caliber weapons: men with low salaries, strenuous working hours and poorly nourished. As if that were not enough, the local custom is to celebrate from a year-end party to the triumph of a baseball team firing into the air.

 According to statistics from the Ministry of the Interior and Police, there are more than 190,000 firearms duly registered, but it is estimated that the number of illegal weapons could multiply that number, in part due to illegal traffic, above all from Haiti. The police search an average of 1,000 illegal weapons every month but the sad reality is that often the criminals they must stop are better armed than they are.

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En abril del 2005 Tania Diaz, de 5 años, la mayor de tres hermanas de Baní –a 53 millas al Oeste de Santo Domingo, República Dominicana– se preparaba con ilusión para asistir a su primer año escolar. En agosto de ese mismo año era compañera de salón de niños que no conocía, a los que jamás vería el rostro, profesores a los que sólo identificaba por su metal de voz y muñecas a las que no podía nombrar por su color de pelo o las ropas que llevaban. Había quedado totalmente ciega a consecuencia de una ‘bala perdida’ que le entró por la sien derecha y le atravesó los nervios ópticos de ambos ojos, apagando para siempre los colores, los rostros y las formas que formaban parte de su vida.

Era hasta ese momento la sexta víctima de las ‘balas perdidas’ en un listado que ya sumaba hasta octubre de ese año 32 nombres, según cifras extraoficiales. La tenencia de armas en República Dominicana está tan arraigada en la población como en Estados Unidos y buena prueba de ello es que la policía reconoce que al menos un 75 por ciento de los homicidios se comenten con pistolas, rifles automáticos y hasta escopetas de fabricación casera.

En este país caribeño de 8.8 millones de habitantes que comparte isla con Haití, no es extraño ver a un hombre con un arma en la cintura o a una mujer con una pistola en el bolso. Cualquier extranjero se sorprendería tal vez al ver a clientes armados en la fila de un banco, esperando para hacer sus transacciones. O en los supermercados, en las discotecas y hospitales… Es asimismo rutinario que los guardianes privados porten armas de alto calibre: hombres con bajos salarios, jornadas de trabajo extenuantes y mal alimentados. Por si fuera poco, la costumbre local es celebrar desde una fiesta de fin de año hasta el triunfo de un equipo de beisbol disparando al aire.

Según cifras de la Secretaría de Interior y Policía, hay más de 190,000 armas de fuego debidamente registradas, pero se estima que el número de armas ilegales podría multiplicar esa cifra, en parte debido al tráfico illegal procedente, sobretodo de Haití. La policia requisa un promedio de 1,000 armas ilegales cada mes. pero la triste realidad es que a menudo los delincuentes a los que deben detener están mejor armados que ellos.